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El Cubo
negro

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Gerardo Lugo Plata
Gerardo Lugo Plata
// Crononauta Pop
Estratega Digital · BeesNess Card · 25 mayo 2026

El cubo negro
Parte 1 El día en que la música murió.

Nací en 1968. Eso puede significar muchas cosas; una de ellas es que, en poco más de dos años, pasaré a las filas de las “personas mayores” o de la “tercera edad” —de acuerdo con la ONU—. Esa etapa de declive biológico progresivo es también, según se dice en la gerontología moderna y la psicología del desarrollo, un territorio de nuevas oportunidades..


La vejez, como solíamos decirle en el siglo XX, es un concepto subjetivo que depende enteramente del contexto. En el básquetbol o el fútbol profesional, por ejemplo, se es veterano después de los treinta, sin importar la edad real del retiro. En deportes de alto rendimiento y resistencia, como el maratón, la vejez nos da la bienvenida al subir al “cuarto piso”, aunque atletas de sesenta, setenta y hasta ochenta años sigan completando carreras e incluso batiendo récords

Negocios digitales del futuro

Asimismo, la música pop —ese gran universo semántico que nació a partir del rhythm and blues en los años cincuenta e incluye al rock, el soul y el funk— tiene sus propios parámetros, los cuales han ido cambiando de generación en generación. No es lo mismo haber sido un músico viejo —o un fan de hueso colorado— en los años sesenta, que serlo en los ochenta o en pleno siglo XXI.


A excepción de Bill Haley, en los años cincuenta nada ni nadie era viejo en el rock and roll (como los blancos rebautizaron al rhythm and blues una vez que entraron a la casa sin tocar la puerta). La vejez habitaba en otra parte; residía, por ejemplo, en esa élite del espectáculo que incluía a Errol Flynn, Humphrey Bogart, Nat King Cole, Judy Garland y Frank Sinatra: el legendario Rat Pack que, en su segunda alineación, sumaría a Dean Martin y Sammy Davis Jr.

Datos duros
Imagen conclusión

El choque entre el Rat Pack (sofisticación y tradición) y el rock and roll (rebeldía juvenil) a finales de los cincuenta fue el enfrentamiento definitivo entre dos eras: el glamour clásico de los crooners de Las Vegas contra la juventud indómita que cambió la historia de la música para siempre. Para Sinatra y sus contemporáneos, el rock no era música, sino una amenaza vulgar para su estilo de vida. El mismísimo Frank lo describió públicamente como "la forma de expresión más brutal, fea, desesperada y viciosa que he tenido la desgracia de escuchar". Lo veían como un producto artificial, carente del refinamiento técnico que ellos dominaban.


Pero la resistencia no venía sólo del Rat Pack, sino de la industria misma. A través de la Academia de la Grabación, el establishment organizó la primera entrega de los premios Grammy en 1959. Aquella academia, fundada por ejecutivos, productores y arreglistas ligados al pop tradicional, el jazz vocal y el entretenimiento “respetable”, nació con el objetivo oficial de elevar la “calidad” y el prestigio de la música grabada, buscando un equivalente a los premios Oscar.


Detrás de esa fachada de excelencia artística latía una profunda tensión cultural. El rock era visto por los ejecutivos como una música juvenil, primitiva, comercial y vulgar que amenazaba el canon estadounidense; un desprecio que cargaba, además, con un fuerte componente racial, dado que el género derivaba directamente de la música afroamericana.


Los primeros Grammy se entregaron en mayo de 1959, apenas tres meses después del accidente aéreo donde murieron Buddy Holly y Ritchie Valens. El panorama para el rock era desolador: Elvis Presley estaba en el ejército, Little Richard se había retirado temporalmente para refugiarse en la religión, Chuck Berry enfrentaba serios problemas legales y Jerry Lee Lewis permanecía prácticamente cancelado tras su polémico matrimonio con su prima de trece años.


Con el sonido dominante regresando hacia las baladas seguras y el pop tradicional, el rock prácticamente no existió en esa primera premiación. Esto refuerza la idea de que los Grammy funcionaron como una herramienta cultural para restaurar la legitimidad de la vieja guardia frente al caos juvenil; una reacción del establishment para reafirmar los estándares del “buen gusto” en el preciso momento en que las nuevas generaciones desestabilizaban la industria.


Hubo bajas colosales en esa batalla. Buddy Holly y Ritchie Valens, las grandes promesas del género, tenían apenas 22 y 17 años aquel fatídico 3 de febrero de 1959: el día que la música murió. Tras la catástrofe, los sobrevivientes se dispersaron: Bill Haley abandonó la batalla cultural estadounidense —quizá debido a una edad que doblaba la de Valens— para refugiarse en los escenarios mexicanos que lo recibieron como a un héroe. De los demás, uno se unió al enemigo vistiendo el uniforme militar; otro cayó en la trampa judicial; uno más se puso la soga al cuello del escándalo y el último, simplemente, aplicó la vieja confiable: en las trincheras no hay ateos.


Dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y en aquel asalto, los viejos ganaron. Sin embargo, perdidos en los excesos de su celebración, olvidaron que los jóvenes siempre tienen la razón vital para romper el molde, cuestionar el pasado y transformar el futuro, tal como lo había sentenciado José Ortega y Gasset mucho tiempo atrás.

Conclusión

Hoy me encuentro en los cincuenta y, ya saben lo que dicen, “los cincuenta son los nuevos treinta”. De cualquier forma, yo ya habría sido considerado un anciano en los años sesenta. Definitivamente, habitar la madurez hoy no es lo que era entonces, cuando Jack Weinberg soltaba en 1964 su icónica advertencia: “no confíes en nadie mayor de treinta años”, o cuando los niños del Flower Power acuñaban el término square (cuadrado) para referirse a cualquiera que fuera aburrido, convencional o incapaz de entender la nueva música y la mentalidad joven.


Al margen de las contradicciones de la contracultura sesentera, mi amigo el conspiranoico (todos tenemos uno) me aconsejaría hacerme la pregunta de rigor: ¿A quién beneficiaba realmente esa guerra entre jóvenes y viejos? Él, fiel a su enigmática naturaleza, seguramente concluiría sentenciando tras un breve suspenso, muy al estilo de los Expedientes Secretos X: “¡amigo, sólo sigue el dinero!”